Atenas: cuando la grandiosidad histórica choca con el presente

**Semana 4 en Atenas**

Atenas es mucho más de lo que esperaba.

Atenas es más que monumentos, más que historia, más que pasado. Más que gyros y souvlakis, más que mousaka y más que baklavas. Más que iglesias ortodoxas, más que arte bizantino y más que campanas. Más que ramas de olivo, dioses mitológicos, Zeus y Ateneas. Más que altruismo, más que sonrisas y más que una gran humildad. Atenas es que te reciban con los brazos abiertos, que confíen en ti sin conocerte y que te atiendan con una sonrisa sincera. Atenas es que te pregunten de dónde eres y Atenas es ver cómo se les ilumina la cara al hablar de España. Atenas son miradas cómplices entre desconocidos en el bus ante un hecho gracioso. Atenas son mujeres con caracter y hombres con una espesa barba negra. Hablar de Atenas es, como en España, hablar de la crisis, de la corrupción y de la polítca.

No obstante, no me gustaría maquillar las sensaciones que he tenido y volcar en este blog solamente lo positivo. Tengo que decir que, para mí, Atenas también es una inevitable y quizá infundada sensación de inseguridad, son aceras rotas, paredes pintadas y zonas poco recomendables. Atenas ha sido para mí, en ciertos momentos, sinónimo de agarrarme el bolso mientras suspiraba mirando al Partenón desde el Aerópago. Atenas es intentar cruzar las calles sin que te atropellen y recorrerlas evitando Omonia. Atenas es despedirse de la agradable despreocupación del viandante y volver a un estado de alerta tan involuntario como incontrolable. Quizás sentimientos sin sentido, pero también hay que hablar de ellos.

Al no saber qué esperar de la ciudad, vine como una tabla rasa esperando que Atenas escribiera sobre mí lo que quisiera que yo sintiera. Pensaba que no tenía expectativas, pero he aprendido que sí: tenía expectativas inconscientes procedentes de haber estudiado historia del arte, latín y griego, historia universal, filosofía o gramática. Esas expectativas que no quieres tener pero tienes: las que te hacen sentir que estás a punto de convertirte en un afortunado al recorrer las mismas calles que Sócrates, Aristóteles o Lord Byron.

Y es entonces, cuando estás esperando tu primer bus, cuando te das cuenta de que, aquí también, las calles ya no las recorren filósofos sino Instagramers, que los cafés no son lugares de reflexión donde pasarse las horas sino sitios donde se fuma y prefieres abandonar pronto; que la ciudad apenas saca partido cultural a sus grandes atractivos más allá de sentarte “con vistas a”; que las bocinas ensordecen el aura que rodea al Estadio Panathinaikó; que el abandono de ciertas zonas ensombrece el magnífico olor a azahar que emana de los naranjos en toda la ciudad.

Me ha sorprendido también las miradas lascivas que muchos hombres (no todos, ni todos griegos) arrojan a muchas mujeres, pero es que aquí, como en España, también queda mucho por hacer. Y es así cómo, por primera vez en dos meses, echo un poquito de menos mi país al recordar con cariño las imágenes que se me quedaron grabadas en la retina el pasado 8 de marzo durante la primera huelga general feminista de nuestra historia.

Como ocurre con muchas ciudades con historia, Atenas hoy no es lo que fue, Atenas hoy es también lo que queda por hacer.

Manifestaciones del 8 de marzo en Madrid, en la primera huelga general feminista de España.

 

1 Comment

  1. Irene Palmer 28/03/2018 at 07:46

    Muy buena entrada, Merche.

    Me encanta que saques todo en tu blog: tanto lo positivo como lo negativo. Vivimos en una constante negación de lo negativo (valga la redundancia) y nos olvidamos de que es parte de la vida y hay que aceptarlo. No siempre puede ser todo perfecto al 100 %. Gracias por compartir con la red tu mundo interior.

    ¡Un abrazote!


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