Cinco días en Marrakech

 

Dice mi pasaporte que estuve por primera vez en Marruecos en 2015, aunque a mí me parecía mucho más… hasta que bajé del avión. Las agujas del reloj se pararon en aquel momento y el “primer” contacto vuelve a ser bajarse en el precioso aeropuerto de Menara y, la primera impresión al subirse a un taxi, el caos y el miedo: cinturones inexistentes, distancias de seguridad que brillan por su ausencia, reflejos increíbles de los conductores para no atropellar a las bicis y a las motocicletas (donde viajan hasta 4 personas [dos niños y dos adultos], todas sin casco y, en ocasiones, usando el móvil o fumando a la vez)… Welcome to Morocco!” le digo a mi amiga entre sudores, con una sonrisa de oreja a oreja.

El oasis de tranquilidad que representa el Riad también me resultó familiar: el sonido del agua resuena en el patio al que dan las únicas siete habitaciones de este palacete. La decoración con motivos geométricos y de colores da un aire alegre a un alojamiento fresco en cuya azotea nada hace sospechar que podrían freírse huevos a las tres de la tarde. Y, mientras nos distraemos mirando las burbujas que se forman al “escanciar” el té con menta… llega la noche. De sábado. ¡Qué buena idea, vamos a la Plaza de Jamma el Fna! Esta puede ser la mejor o la peor idea, depende del grado de preparación mental y paciencia que hayas traído en tu maleta.

¿Es una manifestación? ¡No! Solo es sábado.

Al ser la segunda vez que iba, me acordé de meter las manos en los bolsillos para evitar que las señoras que hacen la henna me las cogieran sin permiso y así no tener que quitarlas con un tirón. También recordé lo importante que era evitar mirar a cualquier comerciante: los de los monos engrilletados, los encantadores de serpientes, los de los zumos… Solo con dirigir la mirada hacia arriba, en busca de una terraza, desencadena una serie de reacciones (“¡Amiga, amiga! ¿Terraza? ¿Vistas? ¿Glacier? ¡Por aquí, por aquí!”). Y así es, precisamente, como comienza la aventura de recorrer la plaza y adentrarse en el zoco. ¡Adiós, espacio personal, nos vemos a la vuelta!

Yo aconsejo adoptar la técnica de “apagar el Sonotone”, es decir, hacerte la sueca sordomuda y no atender (¡ni reaccionar!) a las múltiples técnicas que usan los comerciantes para atraer tu atención: desde llamarte por un nombre al azar [¡Ana! ¡María! ¡Mónica!] a ver si cae la breva de que te llames así, hasta adivinar en décimas de segundo tu nacionalidad y aludir a algún referente cultural que te haga sonreír mínimamente. Si lo haces, ¡prepárate para no poder quitártelos de encima en un buen rato! No obstante, pese al superagobio que implica esta experiencia, tanto mi amiga como yo nos sentimos 100 % seguras, tanto de noche como de día, tanto en callejones como en avenidas, oscuras o iluminadas. Te agobias, pero nunca sientes estar en peligro (salvo por las motocicletas que te peinan al pasar).

Si bien creo que los comerciantes ganarían mucha más clientela occidental si dejaran más libertad, espacio personal y, sobre todo, si no hubiera que regatear, es verdad que el zoco perdería totalmente su esencia y dejaría de ser una experiencia para recordar (para unos, para bien y, para otros, para mal).

Ourika y sus sillas al fresco (literalmente, en el río)

Además de en Marrakech también tuvimos tiempo para hacer una excursión a las montañas del Atlas y a Ourika. Aprovecho para recomendaros una página de tours estupenda. Nosotras hicimos el de los cuatro valles y el lago, un recorrido en 4×4 con un guía (Jamal) que hablaba perfecto inglés y con el que las horas pasaron volando hasta el punto de que los tres admitimos sentirnos como si fuera un viaje de amigos. Además de aprender mucho, pudimos plantear todo tipo de preguntas (temas tan variados como religión, política, matrimonios, homosexualidad, papel de las mujeres en la sociedad, zonas de Marruecos, etc.). Una auténtica pasada de viaje (ida y vuelta el mismo día) en el que, además, se incluía una comida en casa de una familia bereber.

Comida para dos en casa de una familiar bereber

 

Si vas a visitar Marruecos, pronto te fijarás en que lo que más se bebe es té con menta y, lo que más se come, tajine, cuscús y, de postre, pastas o naranja con canela. Lo bueno de su gastronomía es que no es picante y que, aunque comas fuera todos los días, no tienes la sensación de estar “pasándote” en términos nutritivos (no es como andar de pizzas, hamburguesas, refrescos, etc.). Tras cinco días allí, no noté el estómago resentido, pese a lo que uno pueda imaginar por el tema de las especias.

Pero así es Marruecos: sorprende, llegas exhausto mental y físicamente al Riad, pero te levantas con ganas de más. Cuando llegas, parece que nunca te vas a acostumbrar a cruzar sin pasos para peatones, que nunca vas a conseguir caminar más de dos pasos por el zoco sin tener que parar para evitar que te atropelle un burro/moto/bici o que nunca vas a conseguir pasar desapercibido. Bueno, esto último es que es inevitable y es una de las cosas que más he notado respecto a todos los viajes que he hecho por Europa.

No recuerdo el nombre de este pueblo, pero impresionaba

Desde Suecia hasta Bulgaria, pasando por Montenegro o Países Bajos, existe la posibilidad de pasar más o menos inadvertido (hay morenos con piel blanca en todos lados) y, si no llevas cámara colgando al cuello ni vas mirando un mapa, puedes “pasar por uno de ellos”, que es la sensación que más me gusta a mí cuando viajo para poder observar la realidad tal y como es, sin recibir trato de turista. Sin embargo, olvídate de esa sensación en Marruecos, como era de esperar. Allí serás siempre turista y… ¡ah! Cuantas más parafernalias “orientales” te pongas (sacadas de películas americanas y de Instagram), más evidente será que eres española. En el tour gratuito que hicimos por la ciudad, ¡había alguna vestida tal que así…!

Dicho esto, me voy a ir yendo (me encanta esta frase), que hoy viajo a Berlín. ¿Os acordáis de la señora que comenté en Facebook que conocí en el tour gratuito cuando estuve en Sofía? ¡Pues ha cumplido su palabra (me ofreció su casa) y me voy a quedar allí esta semana! ¡Próxima entrada sobre Berlín (aunque ya he estado un par de veces)!

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