Cuando dos españoles se encuentran en el extranjero

Portada del libro Ranciofacts 2, disponible aquí

**Semana 4 en Oporto**

Cuando dos españoles se encuentran en el extranjero pueden pasar dos cosas: que el compadreo se apodere de ambos en un segundo, precipitándoles a mostrar una confianza propia de una amistad de muchos años, con palmaditas en el hombro incluidas; o que se produzca un chispazo de rechazo entre ambos, normalmente a causa de que uno de los dos reniega tácitamente del compadreo inicialmente mencionado.

Digamos, en un hipotético suponer, que a la que no le gusta el compadreo es a mí. Imaginemos, por poner un ejemplo cualquiera, que no soy de las que se tira a los brazos de un español cuando lo divisa entre la multitud extranjera, deseando establecer contacto visual para posteriormente acercarnos y pronunciar esas frases que tan en casa me harán sentir (“¿De dónde eres?”, “¿Qué haces aquí?” “Yo más/peor/mejor/más lejos”, etc.).

Supongamos, por decir algo, que soy más bien de las que, cuando ve un español, siente automática e inconscientemente una profunda pereza que me predispone inconscientemente a ir afilándome las uñas para luchar contra una previsibilidad imposible de superar. Pongamos que mis oídos y mis ojos se preparan para recibir la interacción esperada: críticas indiscriminadas y gestos de superioridad (que en realidad evidencian su complejo de inferioridad) contra lo que primero se le cruce, siempre, por supuesto, acompañado de un “como en España en ningún sitio”.

No obstante, no debo ser injusta. También puede pasar otra cosa: puede ocurrir que tú estés de paso y el español al que te encuentres viva en ese país desde hace un tiempo. En ese caso, la cosa cambia, pero si una de las partes (pongamos, yo) no accede al compadreo, es probable que el español asentado te perciba como una amenaza, como si vinieras a ¿robarle? lo que tanto esfuerzo le ha costado conseguir: encajar. Por eso, tarda poco o nada en analizarte de arriba abajo a la vez que te olisquea en forma de preguntas inquisitorias que poder rebatir o, alternativamente, soltando comentarios que dejen claro quién manda en “su terreno”: “No, eso es porque acabas de llegar, aquí lo que pasa es que…”, “Sí, eso dices ahora, espérate a llevar aquí X tiempo”, “Eso decía yo cuando llegué, pero luego te das cuenta de que…”.

Quizá sintiendo ese anhelo de quedar por encima, de dejar claro que el español siempre más y mejor, no se da cuenta de que actitudes como esa son precisamente las que han hecho que la otra parte de la interacción (imaginemos, de nuevo, que pudiera ser yo) no accedan al compadreo y sientan esa pereza inconsciente.

El otro día tuve una experiencia curiosa. Fui con mis compañeros del coworking a ver el partido de Oporto contra Liverpool. En el bar también estaban retransmitiendo el del Real Madrid, así que los gritos cuando marcó Cristiano me confirmaron que no era la única española en el bar. Fui a pedir a la barra junto con uno de los chicos del grupo, que mide más de dos metros, y al pasar los españoles empezaron a jalearle cual orangutanes asumiendo que nadie entendía lo que decían. Les miré, les dije que era española y ¿adivináis qué es lo primero que se les ocurrió preguntar? Que si ese chico era mi novio y que si cumplía aquello de las medidas de altura – largura. Sí, por si todavía lo dudáis, me estaban preguntando por el tamaño de sus partes pudendas. Por supuesto, a mi gesto rancio le siguió mi respuesta: “Eso tendréis que preguntárselo a él, ¿no?”.

Quizá al ver que yo pertenecía al segundo tipo, al de los que no acceden al compadreo, la conversación no mejoró a continuación: cuando me preguntaron que qué hacía en Oporto y dije que estaba viajando porque era freelance y podía trabajar en cualquier lado, su respuesta fue un WTF en toda regla: “Vamos, lo que viene siendo que estás en paro”. Por curiosidad le pregunté a ese mismo en qué trabajaba él, a lo que respondió: “Funcionario. Yo también puedo viajar cuanto quiera. Total, hago lo mismo allí que aquí: nada, jajajaja”.

Asqueadísima, volví con el resto del grupo y mi compañero y yo empezamos a hablar con dos hinchas del Liverpool, de 61 y 57 años, que probablemente habían bebido más cervezas que el grupo de españoles. La conversación también empezó a raíz del tema de la altura del chico, pero en cuestión de un minuto estábamos hablando de la diferencia entre las medidas de metros y pies en los distintos países y, al cabo de cinco, nos habían hablado de que llevaban cuarenta años siendo amigos, nos habían enseñado fotos de sus nietos, nos habían contado dónde vivía cada uno y muchas cosas más. La cosa acabó con un apretón de manos entre ellos y un beso en la mano para mí. Nos quedamos con una sonrisa de oreja a oreja y deseando ser como ellos de mayores.

Cheers to that.

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