Cuando entra el sol por mi ventana

Lo admito. Los domingos por la mañana en los que el sol se cuela entre las persianas, mi plan tiembla un poquito. Por unos segundos me planteo lo mismo que me planteé en el aeropuerto unos minutos antes de irme de Erasmus a Islandia: ¿qué necesidad tendré de irme con lo bien que se está aquí…?, pero luego recuerdo por y para qué lo hago. Como entonces, estoy segura de que lo que viva a partir de enero merecerá la pena.

Normalmente, la inquietud que te produce cambiar de casa se acaba disipando cuando empiezas a construir nuevos recuerdos en una nueva, pero esta vez será diferente, porque la casa donde viva irá variando según el destino que elija. Los espacios que habitaré serán prestados, temporales y nada míos. Aun así, Madrid siempre estará aquí para mí, y si llega un momento en el que el plan me cansa y me apetece volver, sé que me recibirá con los brazos y bares abiertos.

Después de cuatro mudanzas y un gran aprendizaje vital en los últimos dos años, ahora sé que el hogar lo lleva cada uno dentro y, aunque siempre me ha dado pena dejar atrás las casas que yo misma he convertido en hogares, sé que también esta vez volveré a ser capaz de recrear ese sentimiento cada vez que el sol vuelva a colarse por una ventana, aunque esta vez no sea la mía.

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