Cuando solo apetece billete de ida

Ya casi hace un mes desde que me vine a vivir a Cork (Irlanda) y a punto está de cumplirse un año desde que emprendí mi aventura nómada con la incertidumbre de qué me depararía 2018. Después de más de 10 años viajando por Europa, es curioso que me haya acabado mudando a un sitio en el que nunca había estado y que tuve que buscar en el mapa. Sin embargo, creo que precisamente por eso lo he cogido con tantas ganas, porque es una tabla rasa cuyas calles no me traen recuerdos de nada ni de nadie y me sugieren cientos de historias por vivir.

Vine dos días en octubre para asistir a la entrevista presencial con la que culminaba un larguísimo proceso de selección y, durante esas horas, no quise mirar Google Maps para recorrerla ni conocer los sitios turísticos más recomendables. El cuerpo no me lo pedía porque estaba demasiado concentrada en conseguir el “sí” que me permitiría recorrer esta ciudad sin prisas y, sobre todo, sin fecha de vuelta. Cuando volví a Madrid, me sentí rara; en esos dos días había sentido más ilusión que en los últimos cinco años y medio. Mi intuición me decía que una etapa había llegado a su fin y que, consiguiera o no el puesto, me iría a Irlanda. Hay pocas cosas tan gratificantes como las decisiones que dependen de uno.

Cuando recibí el email en el que me confirmaban el “sí” definitivo, lloré inconsolablemente de alegría, como dos años antes, cuando me dieron el alta tras operarme de la hernia y se presentó ante mí un sinfín de posibilidades que por momentos di por perdidas. Con el “sí”, por mi mente desfilaron una procesión de imágenes pertenecientes a épocas oscuras de impotencia, dolor, rabia, injusticia, frustración, ansiedad, desesperación, desamor y desesperanza. Y, de repente… calma. Serenidad absoluta. Un pitido en los oídos tras el torrente de emociones atestiguaba un nuevo comienzo.

Y escribo esto sin poder evitar sorprenderme al reparar en todas las circunstancias, personales y profesionales, propias y ajenas, que se han dado para que yo esté hoy esbozando estas líneas desde Cork, el lugar en el que me he reconciliado con la maravillosa sensación de… tener la mente en blanco. Aquí me siento yo y ahora sé que me echaba de menos. Y… no, aún no he salido a hacer turismo. Cuando uno siente que va a quedarse mucho tiempo en un lugar, aplaza lo que los turistas apuran. Y así es cómo se sabe que has encontrado tu sitio: cuando te imaginas aquí a largo plazo y tu estómago no reacciona con nudos… sino con mariposas.

1 Comment

  1. Nuria Asenjo 12/12/2018 at 12:29

    Qué alegría leerte y “reencontrarte” tan bien, como dice la canción se te nota en la mirada, en la sonrisa y en la piel, estás muy guapa. Disfruta de esta nueva y por lo que dices larga etapa, los que te apreciamos, nos alegramos y mucho, un beso muy fuerte y feliz Navidad.


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