“¿Qué harías si tuvieras todo el dinero del mundo?”

Todo depende del cristal con que se mire

**Semana 3 en Oporto**

Hace cosa de tres años leí un libro en el que se planteaba una pregunta a priori tan inofensiva como “¿Qué harías si tuvieras todo el dinero del mundo?”. Para poder avanzar en la lectura tenía que responder y, como me di cuenta de que nunca me había parado a reflexionar seriamente sobre la respuesta, aproveché la ocasión. Tras pensarlo detenidamente, llegué a una conclusión bastante decepcionante: como tantísima gente, mi respuesta era “viajar”.

Aquello podría haber quedado así (al fin y al cabo, ya había respondido a la pregunta), pero algo siguió gestándose dentro de mí durante un tiempo. ¿De verdad dedicaría el dinero a viajar si fuese rica? No era capaz de imaginarme como se supone que viajan los millonarios: alojándome en hoteles de cinco estrellas, visitando playas privadas, viajando en yate y echándome la siesta en mi jet. Mi idea de viajar pasaba más por callejear, hablar con desconocidos, conocer nuevas costumbres, defenderme con el idioma, etc. Pero ¿acaso necesitaba ser rica para viajar de esa forma…?

Partamos de la base de que, hasta hace poco, yo era de las que al ver Españoles en el mundo o Callejeros viajeros acababa muy frustrada y casi haciendo pucheros porque “yo quería hacer eso y nunca podría”. El motivo era muy cómodo: esas cosas solo le pasaban a los demás, no a mí. Eso era así y punto. Sin embargo, la diferencia esta vez fue que este pensamiento se cruzó con la conclusión a la que había llegado sobre el dinero. Si lo que me impedía viajar no eran razones económicas… ¿cuáles eran?

Para contestar tuve que hacer un ejercicio de sinceridad y me di cuenta de que yo sola había dado por buenas una serie de suposiciones, limitaciones y excusas autoimpuestas. Siendo consciente de ello, analicé mi situación y me di cuenta de que viajar no solo era factible, sino que en los últimos años había tomado, consciente o inconscientemente, las mejores decisiones posibles para hacerlo realidad: lejos de sucumbir a tentaciones tan socialmente jugosas como meterme en una hipoteca, adoptar un perro o comprarme un coche… me había hecho autónoma y había roto los vínculos con quienes minaban mi moral. Tras esa “revelación”, todo vino rodado: ¡ya solo tenía que elaborar un plan*!

A veces nos escondemos detrás de nuestras propias excusas para no hacer realidad ciertas metas porque sin duda es más cómodo sentirse víctima de las circunstancias que tomar las riendas de nuestras decisiones. El concepto de “sueño” tiene mala prensa: desde pequeños oímos aquello de que “los sueños sueños son” y, con esa afirmación tan categórica, se desvanece toda posibilidad de llevarlo a cabo sin ser tachados de idealistas, pero… ¿y si en vez de llamarlo sueño lo llamáramos plan*? Este cambio de perspectiva ha supuesto para mí la diferencia definitiva entre la frustración y las ganas, entre el victimismo y la resolución. Al denominarlo “plan”, resulta más fácil coger un lápiz y un papel y analizar qué decisiones habría que tomar para llevarlo a cabo.

Y tú, ¿qué harías si tuvieras todo el dinero del mundo…?

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