La Rumanía que ven mis ojos

Cuando llegué a la puerta de embarque, noté una tranquilidad poco habitual. Vi más sonrisas y más calma de la que una acostumbra a percibir a pocos minutos de subir a un avión. Al menos yo, estoy más familiarizada con el follón, las impaciencias, las caras largas y las quejas. No obstante, no le quise dar demasiada importancia. Al fin y al cabo, no podía pensar que los rumanos que me acompañarían esas casi cuatro horas hasta Timisoara eran representativos de lo que me iba a encontrar al llegar. Ni el señor mayor que me cedió con una sonrisa el asiento de ventanilla sin yo pedirlo, ni el hombre que entabló conversación animadamente con él a mi lado. No, no y no. Merche, no te ilusiones. Seguro que con la emoción estás empezando a sacar conclusiones precipitadas.

No fue así. Aquello sí era representativo de lo que me esperaba. Si me dicen hace apenas medio mes que sería en este país donde me sentiría más segura, serena y contenta, no me lo creo. Cuando hacía la maleta para viajar de Timisoara, donde pasé dos semanas, a Cluj-Napoca, donde estoy ahora, intenté hacer “borrón y cuenta nueva” pensando que seguramente todas las sensaciones que había vivido en Timisoara se quedarían allí. Al fin y al cabo, con lo que había tardado en encontrar un destino como aquel, tan verde y pacífico, no podía ni debía esperar sentir lo mismo en otra ciudad a seis horas de distancia en tren.

Una calle cualquiera de Timisoara

Sin embargo, lo que viví en el trayecto hizo que se me pasara por la cabeza un pensamiento… ¿Y si no era solo Timisoara la que era capaz de hacerme sentir así? ¿Y si era Rumanía? En esas seis horas entablé conversación con la chica de enfrente y con otro chico que se subió en otra parada. No sé cómo, lo que se presentaba como un tedioso viaje en tren (“¡Ten cuidado!”, me decían) acabó con tres desconocidos riéndose de chorradas, compartiendo opiniones y derribando prejuicios.

En el Central Park de Cluj hay una zona habilitada exclusivamente para hamacas

El tema de su reputación en Europa es recurrente con cualquier local con el que hables. Se lo toman con bastante humor, pero se les tuerce el gesto con razón cuando comentan la impotencia que sienten al tener que demostrar allá donde van que, solo por ser rumanos, no significa que vayan con malas intenciones. Son conscientes de la mala prensa que tienen los rumanos en Europa. Una mala prensa que, sinceramente, fue la que me hizo decidir venir para comprobar con mis propios ojos cómo era en realidad Rumanía. Por endulzar un poco esta amarga realidad, diré que quizá gracias a ese miedo/desconocimiento, Rumanía sigue siendo un país por descubrir. Sus calles y sus paisajes aún conservan una esencia muy pura que, seguramente, se pervertiría con una ¿hipotética? avalancha de turistas.

Cartel que encontré en una catedral de Cluj

Como me pasó con Islandia, tengo la sensación de ser una privilegiada por poder conocer este país ahora y no dentro de, digamos, 15 años, cuando el capitalismo y el turismo seguramente hagan que el panorama cambie (lo mismo digo de Bulgaria, Montenegro, Albania…). Recuerdo haber recorrido Islandia en coche sin que mis ojos y mi cabeza dieran abasto para interiorizar todo aquello, y rezando mentalmente para que nunca se diera el caso de acabar viendo una tienda de souvenirs junto a aquellos glaciares y parajes de hielo y fuego.

Metralla en uno de los edificios de la Piața Victoriei en Timisoara

Aquí, cuando salgo con la cámara (o sin ella), siento la necesidad de capturar lo que los locales considerarían cotidiano y yo interpreto como auténtico (fruto de años bajo el yugo comunista de Ceaușescu): manojos de cables, restos de metralla (e incluso de cañonazos), paredes tan coloridas como desconchadas, comercios de toda la vida “hechos polvo”… Quiero que se quede todo en mi cabeza y en mi carrete para que, dentro de unos años, cuando todo haya cambiado/si todo cambia, pueda recordar la Rumanía que vieron mis ojos.

El compañero con el que comparto piso durante estos días aquí en Cluj me ha estado contando con ejemplos increíbles que Maramures, la región más al norte del país, es la que da la fama a Rumanía de país hospitalario. Yo no he estado, pero visto lo visto, no creo que sea un caso aislado. Él es canadiense y ha vivido en Egipto y Nepal durante varios años. Después del terremoto, se vio obligado a buscar un nuevo hogar, pero, después de Nepal, no pensó que encontraría un destino que superara sus expectativas, y mucho menos en Europa… hasta que llegó a Maramures y algo le hizo clic.

Timisoara

Si la misma conversación que hemos tenido esta mañana en la cocina, té en mano, la hubiéramos tenido en España, caña en mano, sin yo haber conocido Rumanía, internamente daría por hecho que exagera y que ese clic del que tantos hablan no existe. Sin embargo, ahora lo entiendo. Ahora entiendo a quienes saben contestar rápidamente cuando les preguntan “¿Qué país te ha gustado más de los que has visitado?”. Entiendo, por primera vez, a los que no pueden evitar sonreír cuando hablan de un destino en concreto. Sinceramente, después de viajar por más de veinte países en los últimos diez años, nunca había dado con uno que entrara tan de lleno y en tan poco tiempo en mi lista de favoritos.

Además, el destino ha querido que haya sido aquí donde haya tomado la decisión de poner punto y aparte a esta aventura por diferentes motivos que ya os explicaré en otra entrada. Me encanta que haya sido en este lugar y no en otro, ya que no me voy harta de nada, sino colmada de todo. Me fui de Madrid buscando volver a tener ganas de ella y con el pálpito de que tenía que existir otra realidad ahí afuera. Tenía la necesidad de volver a sentir que todo es posible.

¿Y si Rumanía era la respuesta a mis preguntas?

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