Cork, 10/09/2020

A vueltas con el blog de viajes. ¿Qué hacer con él? ¿Borrarlo? ¿Dejarlo? Un septiembre más, se avecina el mes de octubre, en el que toca decidir si renuevo el dominio o le digo adiós a este proyecto corto pero intenso. He retomado la idea de pasar a un cuaderno todas las entradas escritas, porque me parece que, al final, es un diario que recordaré con cariño en unos años. Releo a la yo de hace apenas tres y… me reconozco. Suscribo cada palabra, y eso me encanta. Atrás quedaron los años en los que repasar escritos de años atrás me harían poner los ojos en blanco, llevarme la mano a la frente y suspirar un “En qué estaría pensando…”. Son solo tres años, me digo. Pero parecen diez.

Releyendo las entradas sobre el trajín de los aeropuertos y los viajes hechos y por hacer, se me antoja todo mucho más lejano que unos meses. Parece otra época, aquella en la que no mirabas de reojo a quien decidía en el metro sentarse en el asiento junto al tuyo. “¿Quién es esa persona? ¿Qué le ha llevado a decidir sentarse aquí, habiendo otros asientos más separados libres? ¿Acaso no me respeta? Si actúa así aquí, ¡vete a saber cómo habrá actuado en otras situaciones…!” Una avalancha de pensamientos que acaba contigo levantándote, resentida hacia un desconocido que, “simplemente”, se ha sentado junto a ti. Parece otra época aquella en la que podrías deducir la amabilidad de un desconocido por la elevación de sus comisuras. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí. Sonrisa. Parece de otra época respirar olores, no tener un resorte que impone distancia con cualquiera que decida traspasar esa burbuja de metro y medio que nos obligamos a vestir cada mañana, toser tranquilo, ir de tiendas sin acabar con una capa de varios centímetros de gel de manos, hacer planes en interiores. Y, por supuesto, parece de otra época aquello de viajar. Me refiero a viajar bien, no a lo que muchos (demasiados) han decidido hacer, parapetados tras un “¡Me lo merezco!” con sospechoso matiz de autoconvencimiento y amargo sabor a egoísmo.

Dicen que esto pasará, pero ¿qué pasará cuando todo pase? Supongo que, en algún momento, todo esto será una anécdota que contarles cuando crezcan a esos niños que han tenido la mala fortuna de vivir una etapa tan irrepetible como la infancia en estas circunstancias. Les diremos que, antes de que todo esto pasara, mamá y papá antes no se despedían con un “Ten cuidado” cuando el otro atravesaba el umbral de la puerta; que, más allá de las mascarillas y el “bicho malo” que había en la calle, este virus amenazaba la vida a secas y también la vida tal y como la conocemos. Que algunos cambiamos para siempre (y que otros nunca cambiarían), que soñamos con el momento de abrazar a nuestros seres queridos sin cubrirnos con plásticos, sin respirar para otro lado, sin ponernos mascarilla, sin lavarnos las manos y limpiarnos los zapatos antes. Que no imaginamos cuándo, cómo o si podremos volver a “confiar” en alguien si su historial de decisiones durante la pandemia dista mucho del nuestro. Que fue difícil alejarse de las (cada vez más) tóxicas redes sociales y medios de comunicación cuando aquello era lo más cerca que estabas del mundo exterior.

Como una vela, iba sintiendo que me iba faltando el oxígeno y me iba apagando, debatiéndome entre estar infoxicada o ajena a todo. Y, de repente, un viaje requerido: el aeropuerto, el avión, el autobús, el metro, la mascarilla, el gel, la maleta, los guantes, las gafas, el agobio, el miedo, las ganas, la incertidumbre, la tristeza, la alegría y todo lo que a uno le cabe en el equipaje de mano. “Malo ha de ser, malo ha de ser, malo ha de ser”, me repito. Y dejo de apretar los puños cuando me encuentro con el aeropuerto casi vacío, los comercios cerrados y el avión con casi nadie. Y “respiro” tranquila, sin poder contener alguna lágrima, con cuidado de no empapar la FFP2, al observar cómo se aleja Madrid bajo mis pies, después de 180 días, en vez de los 4 previstos. Aterrizo y, sin quererlo, aprieto de nuevo los puños, con miedo de cómo habría cambiado la realidad que conocía. El virus es el mismo en todos lados, así que me encontraré con la misma situación de asfixia, supongo.

Para mi sorpresa, un sol radiante ha venido a recogerme, como preludio de que aquí todo está más tranquilo y que hay diferentes maneras de vivir y afrontar la misma situación, según la cultura de cada país. Mientras unos politizan un virus (?) otros aprovechan para remar juntos y reafirmar valores como la amabilidad, el sentido del humor y el respeto. Con casi 45 millones de habitantes menos que el nuestro, en Irlanda la mascarilla es, casi diría, anecdótica, y lo que reina es la distancia social. Y se nota. Todo ha cambiado lo justo para poder seguir igual. La misma sonrisa cómplice del paseante furtivo que te podías encontrar antes en tus paseos junto al río Lee, solo que ahora se suma un gesto tácito que dice “¿Te bajas tú de la acera o me bajo yo, para dejarte pasar?”. No hay respuesta acertada: sea quien sea, tienes una sonrisa asegurada y un “Sorry, thank you” de regalo que, personalmente, es un bálsamo para mis sentidos, después de ver cómo están los ánimos en otro lugar. Parece otra época, aquella en la que volver a casa y sentirse como en casa eran sinónimos.

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