Hasta llegar a Budapest no había podido comprobar con mis propios ojos que la comunidad de nómadas digitales… ¡existe fuera de los grupos de Internet! Por algo esta ciudad aparecía como destino número 1 en la lista de Nomadlist el año pasado (ahora está en el cuarto): vida asequible, un montón de actividades, bares y restaurantes, buena conexión wifi… Estos son algunos de los criterios que esta conocida página tiene en cuenta a la hora de valorar las ciudades más recomendadas para los nómadas.

Lo cierto es que no podía haber elegido mejor destino, ya que en estas cinco semanas he conocido a muchísima gente muy interesante, también de nacionalidades que no son tan habituales para mí (Irán, Jordania, Turquía, Pakistán). Me ha encantado poder poner cara, nombre y nacionalidad a algunos de los integrantes de esta comunidad que tan poco activa estaba en mis anteriores destinos (Oporto y Atenas). Por un momento pensé que, si no me iba a Chiang Mai (destino por excelencia de los nómadas) no podría dar con una comunidad así, pero Budapest es uno de los grandes núcleos en Europa y ha quedado patente.

Sin duda la vida social ha sido lo más destacable de este viaje, gracias a Facebook, Meetup y, por qué no decirlo, a mí, que he tomado la iniciativa una vez más para crear un grupito majo de gente. Para ello, simplemente escribo un post en el grupo “Digital Nomads ___ [la ciudad que sea]” diciendo que estaré allí de tal a tal fecha, y que quien quiera quedar para tomar algo me escriba. Luego creo un grupo con todos los que me han escrito, quedamos juntos y, a partir de ahí, se va integrando a gente de otros grupos o “amigos de amigos”. ¿El resultado?

El coworking

Hablemos ahora del otro pilar importantísimo para mí y en el que sigo depositando muchas esperanzas por más tortas que me lleve: el coworking. No sé a qué espero para empezar a asumir que va a ser complicado conseguir un ambiente como el Porto i/o

Aquí en Budapest contraté el primero que probé y del que había leído reseñas positivas, Mosaik, y… bueno, digamos que menos mal que me he buscado la vida social por otro lado. Tras desembolsar la friolera de 190 euros, calculo que, en las casi cinco semanas que llevo aquí, habré intercambiado palabras con dos personas (una no húngara). No se han organizado eventos para conocernos entre nosotros (bueno, se organizó uno y tuvieron que cancelarlo porque nadie se apuntó), la gente no me ha dirigido más de un “Hi” ni siquiera en la incómoda situación de estar compartiendo mesa para comer y estar ellos hablando y yo sola. Una sensación bastante fea a la que por suerte le he sabido sacar la parte positiva: ¡Que nadie te hable = superproductividad!

Cri cri cri

No obstante, esta sensación no es nueva. Esta actitud de “qué-de-reuniones-tenemos-y-qué-importantes somos”, “el-dinero-es-nuestra-meta y-el-éxito-nuestro-objetivo” y “hablamos-alto-mientras-nos-paseamos-porque-somos-cool” también la tuve en Madrid, lo que no hace más que reafirmarme en mi idea de que un coworking no se puede considerar como tal si no desarrolla su parte “co” y, sobre todo, que el coworking son los miembros que lo componen. Pintar las paredes de colores, enmarcar frases sobre el éxito y poner un futbolín junto a la zona de trabajo no te convierte en un espacio agradable en el que trabajar automáticamente. De hecho, ¿a quién narices se le ocurrió poner un futbolín junto a la zona de trabajo separado únicamente por una puerta de cristal?

El maldito futbolín ¬¬

Pese a todo, me he reafirmado en que tener la rutina de levantarme y salir de casa para ir a trabajar me viene de perlas para el ánimo y para la productividad. Trabajar en casa, definitivamente, no es para mí: el humor me cambia, las ideas se alborotan y los pensamientos raros piden la vez. Por otro lado, el hecho de haber podido dejar en una taquilla el ordenador me ha ayudado a obligarme a no trabajar fuera de horas, lo que ha sido toda una experiencia (Dato: la primera noche no pude dormir XD).

Pilates

Lo cierto es que me costó encontrar un sitio donde lo impartieran en inglés y, de hecho, al final me ha pasado lo de siempre: el primer día intentan dar la clase en bilingüe y… al segundo se acabó. Ya he aprendido cómo suenan en húngaro los conceptos “mete la cabeza en el aro”, “respira hondo y haz imprint” y “una más y cambiamos de pierna”. No me preguntéis cómo se dice. Solo sé que puedo identificarlo cuando estoy cabeza abajo. Muy útil, sin duda. Comprar el pan no sé, pero esto sí. Bueno, esto y cómo se dice “abierto”, “domingo”, “cerrado”, “gracias”, “años”, “plaza”, “puente” y “correspondencia con el metro”.

Qué me gusta de Budapest

Hacía tiempo que no me sentía tan segura y tranquila por la calle. Me gusta el silencio, me gusta la tranquilidad, me gusta la ridículamente alta frecuencia de los tranvías, me gusta que el transporte público sea un medio de vida y no media vida, me gusta la isla Margarita los fines de semana, las bicis que inundan la ciudad. Me gusta que el agua salga caliente en tiempo récord, que la gente ceda los asientos sin pensárselo dos veces, que el coste de vida sea tan asequible como es. Me gusta el Szimpla, me gusta que mucha gente come sola en los restaurantes, me gusta la iluminación de los bares, siempre-abarrotados-da-igual-qué-día-sea.

Lunes.

Qué no me gusta de Budapest

No me gusta la gran pobreza que se aprecia en las zonas resguardadas, las caras de perdonavidas de la mayoría de los que atienden en tiendas y negocios, la ausencia de sonrisas, la sequedad y la frialdad.

Fin

En unas horas acaba este capítulo. No obstante, me guardo unos cuantos florines en el bolsillo. No fuera a ser que, por algún motivo, hubiera que volver una cuarta vez… 🙂

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