El reloj de mi compañero de fila en el avión

Casi nada más llegar a Atenas, una de las primeras cosas que hice fue mirar qué vuelos salían desde allí. Me explico: nunca había estado en esa zona de Europa y quería aprovechar la cercanía con otros destinos para hacer una escapadita uno de los cuatro fines de semana que me iba a quedar en Grecia. Como los precios para volar a Santorini eran más altos desde Atenas que desde Barcelona, decidí dejar el tema islas para otra ocasión y me decanté por Sofía, una ciudad que había estado en mi radar desde pequeña, sencillamente, porque mi madre había estado allí de (más) joven (¡Holi!).

Así pues, el último fin de semana de marzo cogí un vuelo de Atenas a Sofía y en menos de hora y media aterricé en un aeropuerto cubierto por un grueso manto de nieve, ante mi asombro y el del chico que se sentaba a mi lado (que, por cierto, llevaba un reloj guay). Ambos íbamos en manga corta en Atenas. Tras desearnos Feliz Navidad y descartar la baratísima opción del taxi (4 €) a cambio de empezar desde ya a vivirlo todo cogiendo el metro, emprendí el rumbo hacia el centro de Serdika (la estación de metro más céntrica). El silencio y la amplitud del vagón, además de la sencillez para comprar el billete y la tranquilidad del ambiente, empezaron a hacerme sentir más relajada de lo que me había sentido en las cuatro semanas previas.

Unos 80 céntimos el billete

Después de dejar el rastro en círculos de las ruedas de la maleta en la nieve mientras mi Google Maps se terminaba de aclarar sobre hacia dónde tenía que ir, llegué a mi “hotel” (en realidad, la planta de un edificio acondicionada tipo residencia), que no podía estar más céntrico ni ser más barato (30 euros las dos noches en una habitación con cama doble). Dejé las cosas y me puse a caminar sin rumbo porque, pese a haberme tragado el día anterior un par de reportajes sobre el país, no tenía ni idea de para dónde tirar (ya me había desacostumbrado a estar en pleno centro…).

Así pues, emprendí la marcha por el Boulevard María Luisa, dejándome más guiar por las aceras con menos nieve que por la intuición del turista y, entre idas y vueltas, acabé exactamente donde quería en esas primeras horas en Sofía: ante la Catedral de Alejandro Nevski. Después de limpiarme las manos del trozo de pizza con estalactitas que me venía comiendo, entré en la brillante construcción (es gratis, pero si quieres hacer fotos tienes que pagar ¡5 euros!), donde el silencio sepulcral que tanto había echado en falta durante semanas me acogió con fuerza.

Salí y seguí caminando (mejor dicho, caminé hacia atrás mientras la miraba, sonriente, durante un ratito). Según iba encontrándome “edificios bonitos” fui comprobando en Google Maps qué era todo aquello: ni más ni menos que el Teatro Nacional Ivan Vazov; la iglesia Rusa (donde, sin quererlo, “me colé” en un bautizo); los antiguos Baños de la Ciudad, ahora Museo de Historia (donde había que pagar 50 céntimos si querías hacer fotos); la Catedral de Sveta Nedelya (situada en la Plaza de la Tolerancia, llamada así porque en pocos metros cuadrados está la Sinagoga de Sofia [la tercera más grande de Europa], la mezquita Banya Bashi y esta iglesia ortodoxa), el Palacio Nacional de Cultura (este año Bulgaria preside el Consejo de la Unión Europea), etc. Como era de esperar, ese día caí rendida, no sin antes percatarme de que, como en Atenas, allí también se fumaba en todos los sitios (aunque está prohibido por ley), incluido mi hotel.

 

La ducha-váter. What else?

Al día siguiente, tras una cómoda ducha (ejem), me uní al Free Sofia Tour, un recorrido gratuito muy recomendable por los principales puntos de interés de la ciudad de la mano de unos chavales muy alegres y cultos. Por once euros tienen otras versiones: Sofía Alternativa, Sofía comunista, cultura de Sofía… El que yo hice fueron dos horas llenas de información y cuyas paradas con explicaciones se fueron adaptando a las inclemencias del tiempo.

 

Aproveché el resto del día para pasear más y llegué hasta el Earth and Man National Museum, de rocas y minerales, donde experimenté por primera vez en mi vida la sensación de estar completamente sola en un museo. Una pasada, pese a que la mayoría de las explicaciones estaban escritas solo en búlgaro.

Termino la entrada con una anécdota. Al salir de este museo vi que en Google Maps ponía que la “Unión Europea” estaba allí al lado, para mi sorpresa. Después de dar vueltas emocionada como pollo sin cabeza, me di cuenta de que era una estación de metro llamada así. No sé qué pensarían quienes me vieran partiéndome de risa yo sola allí, en mitad de la nada nevada, a 2970 km de casa.

Por si tenéis curiosidad, esta es la estación de metro Unión Europea :-). Como el resto de la red de metro, limpísimo y bien iluminado.

No sé si se ha notado, pero Sofía me gustó muucho más de lo que esperaba y ni las máximas de dos bajo cero pudieron impedir que me pateara la ciudad entera en esos tres días. Es un lugar muy tranquilo y nada masificado de plazas amplias, historia extensa y un futuro prometedor. Como dato, me gasté 75 euros en total (105 contando el hotel) en tres días contando con comidas, cenas, souvenirs y entradas a todos los museos (y al cine, que se celebraba esos días la edición número 22 del Sofia International Film Festival). ¡Hay que aprovechar!

Bulgaria: 22nd Sofia International Film Festival 7-18-29 March 2018
Sofia International Film Festival

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