Tipos de personas que te encuentras en un aeropuerto

 

Cada vez que viajo en avión, cojo con muchas ganas el aeropuerto. Una tierra de nadie que se reinventa en un país nuevo cada día, cada hora, y por la que todos paseamos sabiéndonos tan poco dueños del entorno como cualquiera que nos crucemos, con la (in)seguridad que eso produce a cada uno según su personalidad. Ninguna cultura predomina. Nadie entra ni sale; todos pasan. Cientos y cientos de nacionalidades conviven bajo un mismo techo durante unas horas.

Perdona que me ponga mística, pero es que los aeropuertos “me ponen tierna” (como calificaba mi abuela el movimiento de cabeza de los periquitos cuando les hablaba) pese a ser un lugar destinado al consumismo donde se nos incita a comprar lo que decidimos a propósito no adquirir en la ciudad. Es como un experimento sociológico que pretende demostrar que, si nos dejan dos horas en un espacio cerrado con tiendas, acabaremos comprando las cosas menos pensadas, desde una botella de vino caro “para ocasiones especiales” (¿?) hasta un perfume que en nuestra ciudad descartamos por ser demasiado caro. Es el subidón del aeropuerto.

Son las luces, los colores, el brillo y… la emoción de irse. Todos tenemos algo en común en ese momento y lugar: a todos nos une un viaje inminente detrás del que se esconden las historias más variopintas, desde novios a distancia hasta reuniones de trabajo de ida y vuelta, pasando por reencuentros familiares o, sencillamente, la exploración de nuevos países.

Periquito poniéndose “tierno”

Hay a quienes nos encantan, hay a quienes no les gustan y hay quien llega tarde a su puerta porque se han entretenido comprando un Toblerone gigante. Hay tantas interpretaciones como personas de estos espacios cerrados tan abiertos a la imaginación de quienes nos encontramos siempre receptivos. Yo, personalmente, creo que la personalidad de cada uno sale a relucir en estado puro en los aeropuertos:

El que vive agobiado buscará frenéticamente las pantallas, comprobando a cada minuto que no haya cambiado el estado de su vuelo. Ya en la cola, volverá a preguntar (a varias personas, por si acaso) si ese es el vuelo. Si toma asiento para hacer tiempo, se levantará “sutilmente” de un salto cada vez que alguien roce su maleta.

A los despistados los reconocerás por ir corriendo por los pasillos arrastrando su maleta o, en su defecto, dando botes con su abultada mochila, de la que suele colgar un reposacabezas.

Los ricos pasearán a cámara lenta por todas las tiendas de lujo y llevarán puestas sus mejores galas.

Los adictos a la tecnología irán cabizbajos mirando el móvil, ajenos a todo ruido con sus cascos XXL.

Los adictos al trabajo no se despegarán del móvil para organizar reuniones ni cuando, ya en el avión, la azafata pida que se apaguen los móviles.

Las parejas que ya ni se aguantan, discutirán acaloradamente por si es la puerta D32 o D33, y habrán encontrado así el motivo perfecto para no dirigirse ni la palabra ni la mirada en todo el viaje.

Sabrás quién no ha viajado nunca por su estado de nerviosismo y por excusarse constantemente cuando pregunta por enésima vez a cualquiera que se le cruza si es esa su puerta de embarque.

Los caraduras son los que ponen el grito en el cielo cuando, a la hora de embarcar, les llaman la atención por llevar más bultos de los permitidos o intentar esconder una mochila debajo de su abrigo (“¡Menudos sacacuartos! ¡No vuelvo a viajar con…! ¡Les meto una denuncia que se les cae el pelo…!” La culpa, por supuesto, es siempre de los demás. Para más señas, este suele ser un comportamiento bastante habitual del cuñadismo español).

Los listillos son los que en la cola dicen “¿me cuida esto un momento?” y vuelven con una sonrisa de superioridad y gesto condescendiente tras haber contado que no hay más de 90 maletas delante de ellos y, por tanto, se libran de que facturen la suya.

Los pseudopadrazos son los que, cuando están en la cola, empiezan a hacer cucamonas a sus hijos, estupefactos al recibir más “cariño” repentino que en toda su vida, y a darles lecciones de educación en voz muy alta para que todo el mundo vea lo buenos padres que son. Por si te quedan dudas, son los mismos que te asestan un bolsazo y no te piden perdón, se te cuelan en la cola, discuten con las azafatas al intentar meter la maleta en el compartimento superior cuando ya no hay espacio y aíslan a su adorado hijo encasquetándole la tablet y los cascos según se suban al avión “para que no moleste”.

Otros, sin embargo, lo observamos y analizamos todo, dejándonos inspirar por el trajín de las idas y venidas de tantos desconocidos. Personas que nunca volverás a ver pero con las que te une un vínculo temporal tan fuerte como el que crea sobrevolar países, cruzar nubes y atravesar el cielo. Personas, en fin, que te acompañan en una travesía casi sobrenatural, por más normal que ya nos parezca normal que en tres horas pasemos de los cielos soleados de Madrid a las nubes negras y los verdes prados de Dublín.

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