Cuando activas el disparador automático y la cámara te pilla a medio camino (Oslo, 2010, a.s. [antes de los selfies])

Viajar solo es una delicia para unos y algo impensable para otros. Muchos asocian viajar sin compañía al aburrimiento o la soledad. Por eso, en esta entrada os voy a contar mi experiencia y os voy a explicar por qué me gusta tanto. Por si alguno de vosotros tiene el gusanillo y le hace falta un pequeño impulso y por si os pica la curiosidad de qué tiene viajar solo que resulte tan atractivo para tantos de nosotros.

Para empezar, yo concibo cada viaje como una especie de “capítulo” de mi vida que comienza desde el mismo momento en el que me dirijo al aeropuerto hasta que cierro la puerta de mi casa a la vuelta. Durante ese tiempo, apago el modo automático en el que solemos sumirnos en nuestro día a día y empiezo a mirar todo con curiosidad, como si fuera una Escape Room y todo lo que se me presenta tuviera alguna función. Por ejemplo, si voy paseando y alcanzo a escuchar una conversación cercana en la que una persona le dice a otra “Me estoy leyendo tal libro, tienes que ver esta película, mañana voy a visitar tal sitio, me encanta tal bar tal…”, automáticamente incorporo ese dato a mi viaje y seguramente lea ese libro, vea esa película o vaya a ese sitio.

Normalmente, al hacerlo, conoceré a personas, se me ocurrirán ideas, veré cosas y tendré experiencias que no habría tenido de no haberlo hecho. Es una cadena, porque sigo aplicando esa misma “técnica” a lo largo del viaje y al final se crea una vivencia totalmente distinta a cómo habría sido de no haber estado prestando atención al entorno. Es como si el viaje se fuera escribiendo sobre la marcha y yo fuera la encargada de seguir las pistas para sacarle el máximo partido. Todo para que, al echar la vista atrás, pueda “unir los puntos” (uno de los vídeos que más me ha marcado): “Si no hubiera ido a X, no habría hecho Y ni habría conocido a Z ni me habría enterado de H”… Algunas de las mejores ideas que he tenido han surgido como consecuencia de acciones improvisadas de este tipo.

Rumanía, 2018

Como curiosidad, este “modo viaje/película” no soy capaz de provocarlo ni de imitarlo, lo cual he intentado (sin éxito) en mi día a día para darle un poco más de emoción. Está comprobado: solo funciona si viajo y quizá por eso me gusta tanto hacerlo, porque es como sumergirse en un estado imposible de simular de otra forma. Paso a ser una persona especialmente receptiva y estoy especialmente abierta a todas las experiencias que vayan surgiendo y esa impulsividad y (sensación de) libertad quizá son las responsables de estas escenas. A continuación os voy a contar algunas de mis experiencias viajando sin acompañante.

Mi primer viaje sola (que no fuera por estudios) fue a Oslo en 2010. Estando de Erasmus en Islandia, aproveché la cercanía y los precios para visitar Noruega unos días. Por aquel entonces nunca salía a ningún lado sin mi cámara, así que desde el instante en el que pisaba la calle, mi mirada buscaba incesantemente escenas que retratar y eso me entretenía muchísimo. Se me pasaban las horas muertas. En ningún momento me sentí sola porque todo el tiempo estaba improvisando y dejándome llevar: por qué calle ir, dónde entrar, qué visitar, dónde comer, cómo volver… y todo siempre con la sensación de que, al final del día, cada una de esas decisiones habrían dado lugar al “capítulo” de ese día en ese viaje en concreto.

En ese viaje me pasaron cosas muy curiosas: en la habitación del albergue había siete hombres y yo era la única chica. Uno de ellos era un marroquí que quería optar a obtener la Green Card estadounidense en una especie de lotería en la que el azar podía conseguirle el ansiado permiso. Necesitaba unas fotos “lo más oficiales posible” para incluir en la solicitud, así que ahí estábamos, a las tantas de la noche, buscando un fondo blanco por todo el edificio para hacerle la preciada foto “oficial”. Al día siguiente, un militar belga que se alojaba también allí me contó llorando que, haciendo el camino de Santiago, se había enamorado de una española que trabajaba en Oslo y había ido allí para buscarla, sin saber bien dónde estaba. También conocí a un sueco que iba buscando trabajo y con el que pasé el día entero recorriendo Oslo. Ocho años después, aún estamos en contacto. No está mal para ser el primer viaje sola, ¿no?

Heidelberg, 2011

Luego, en Heidelberg (2011) no sé cómo acabé asistiendo a una boda de unos asiáticos en una bodega. En Bélgica (2011), nada más llegar al albergue un chico me ayudó a entender cómo funcionaban las máquinas para dejar el equipaje y acabamos recorriendo Bruselas juntos a los diez minutos y hablando de la vida. En Sofía (2018), acabé sin darme cuenta también en primera fila en un bautizo ortodoxo oficiado en la iglesia rusa. Estaba la familia… y yo. También en Sofía, mientras esperaba a que empezara el tour gratuito por la ciudad, hablé fugazmente con una señora de Berlín que, sin motivo aparente, me invitó a quedarme en su casa mientras ella y su marido estaban de vacaciones (y así lo hice, estuve cinco días en su loft de tres pisos hace apenas un mes).

En Polonia (2011), en un tren de Cracovia a Varsovia, compré un billete con descuento de estudiante y, al parecer, mi carné no era válido para optar a esa oferta. El revisor no hablaba inglés y me hablaba muy serio en polaco. Por suerte, uno de los pasajeros se acercó a mí, hizo de intérprete entre ambos y quedó todo aclarado rápidamente. Una situación que a priori podría parecerse bastante a una pesadilla, acabó con una experiencia muy positiva.

Conociendo Bruselas improvisadamente con un huésped de mi albergue (2011)

En Rumanía (2018), en un tren de Timisoara hacia Cluj, me tocó sentarme en el tren al lado de una madre que, con demasiada euforia, intentaba enseñar francés a grito pelado a su… bebé. La chica que iba en frente de mí y yo nos miramos en plan “Madre mía, menudas seis horas nos esperan…”, pero por suerte la madre y el niño se acabaron bajando y lo que podría haber sido una “experiencia mátame-camión”, acabó en nosotras entablando conversación. Luego se subió otro chico que viajaba solo y terminamos los tres charlando de multitud de temas y echándonos unas buenas risas. Gracias a ese viaje, en Cluj pude asistir al festival de cine que se celebraba esos días acompañada de la chica del tren y de sus amigos.

En Oporto (2017) me quedé en el que probablemente sea el mejor albergue en el que he estado (Gallery Hostel) e hice buenas migas con mi compañera de habitación, una francesa de origen tailandés. Como no soy muy buena echando edades, supuse por su voz y su físico que tendría unos 20 años y quizá fuera su primer viaje sola. Fuimos a cenar y me quedé a cuadros cuando me dijo que tenía 35, estaba casada y tenía dos hijos. Su marido se había quedado cuidando de ellos durante las dos semanas que ella se había cogido para volver a dedicarse tiempo a sí misma.

Recorte de cuando me entrevistaron en la Tribuna universitaria de Salamanca (2011)

Ventajas e inconvenientes de viajar sola

Viajando sola disfrutas de pequeños detalles en los que ni siquiera reparas cuando vas acompañado. Además, la gente se anima a entablar conversación más que si fueras con otra persona y eso crea situaciones que, si estás abierto a la improvisación, pueden darle mucha vida a tu viaje. Además, al no depender de nadie, tomas tus decisiones con libertad absoluta y todo depende de ti. Lo cierto es que esto cansa bastante, de hecho fue una de las cosas que me agotaron en mi aventura nómada… ¡Cuántas veces he deseado que alguien eligiera por mí dónde comer o el camino más corto de vuelta! Otra de las cosas que más cuestan a muchos es el momento comida. Para mí (ya) no supone un problema, aunque sí es ciertos que hay contextos en los que ir solo no mola tanto e incluso puede ser peligroso, como salir de fiesta o irte de cervezas, pero no se puede tener todo. Si queréis leer otra visión, aquí os dejo “Lo que me encanta de viajar sola y lo que me parece un coñazo“.

Viajar solo y estar a gusto con uno mismo van de la mano. Si temes vivir solo o hacer cosas sin compañía por miedo a rayarte, por ejemplo, quizá no disfrutes de la experiencia de la misma forma. No obstante, si ese es vuestro caso, os animo a probarlo y a descubrir si realmente vuestros miedos pueden ser infundados. Muchos os sorprenderéis gratamente al comprobar que ni las horas pasan tan lentas ni es tan aburrido como podáis imaginar. En el verano de 2016, por ejemplo, me hice el recorrido Madrid > Dublín > Copenhague > Estocolmo > Barcelona en una época en la que no podía caminar más de cinco minutos sin tener que sentarme por culpa de la ciática provocada por una hernia que después me operaron.

Cuando faltaban unos días para empezar, tuve el típico pensamiento de “Pero qué necesidad tendré…”, “Quién me mandará…”, pero, a sabiendas de que siempre me suele pasar, hice caso omiso y comencé el viaje. Fue un alivio viajar sola en este contexto, pese a que así de primeras pueda parecer que eres más vulnerable que nunca, porque pude sentarme cada vez que lo necesitaba sin “temer” que la otra persona se hartara de las constantes paradas o de mi ritmo más lento. ¡Fue tan enriquecedor! En Estocolmo, compré un billete de esos de Hop on Hof off, que incluía bus y barco, y así recorrí la ciudad, en vez de sentándome en bancos continuamente, montándome en el transporte y viendo la ciudad mientras mi cuerpo se recuperaba.

En definitiva, ¡viajar solo es una experiencia totalmente incomparable! Y, muchas veces, empiezas sola y acabas conociendo a gente que forma parte activa de tu viaje en un momento dado. Creces mucho porque no tienes a nadie que te ayude en circunstancias desfavorables y te toca a ti sacarte las castañas del fuego, lo que te hace sentirte útil y vivo. ¡100 % recomendado!

Termino esta entrada poniendo los resultados de la encuesta que hice hace unos días :-). ¡Espero que me contéis vuestras experiencias y opiniones sobre este tema!

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